Incólume con tu sola presencia loas, oh Virgilio,
En el Olimpo, el más grande de los vates eres,
Que ha dado el suelo ubérrimo de esta tierra.
No bien ha arrancado el aplauso, al canto tuyo
Que una mano pronta recibe con denudada aspereza
A replicar su homónima, tu ya te hayas, presto e incipiente
A llenar la boca de lisonjeros y bucólicos vocablos;
Más bellos y profundos, si cabe, que los anteriores.
Y es que alcanzó, apenas, a contener tu númen,
La cárcel de carne, sangre y huesos que te hubo albergado.
Allá se deshacen en melifluos elogios hacia tu persona.
Tu, siquiera, atención alguna les prestas.
Aquí acopio hacen de festivas lisonjas y parabienes, mas
En igual suerte de atención confinan. Y es que caminas,
Por encima de hombres y palabras; y hasta los mismísimos
Dioses, tañen sus liras al son de tus sonetos.
Dicen ya, que Ceres, Líbero y Cea aprueban tus versos
Y, que Minerva, más allá de todo ello, derrama bendiciones.
Hasta el feraz Neptuno y el tosco Pan no hacen asco a tus loas.
¡Qué diré que de continuo no haya sido dicho de tu efigie!
Sabedor de todo ello, te conmino, oh, el más grande,
Allí donde yaces, de tener por conmiseración, inspirarme.
Qué mi numen- permite- ascienda a los Campos Elíseos,
Y largo tiempo permanezca a tu lado. No he de derramar más
El ímprobo arresto del pensar. Destila y alambica, con tu
Extremada finura, mis cantos y loas, que tuyos serán.
No hay comentarios:
Publicar un comentario