Es, aun no siendo, mi fingida ironía
El más bello y trágico agrado de mi adiós.
Con los días que ya hube
Solo cabe despedirse. Sabio. Con dignidad.
La tristeza no tiene cabida en mí. No. Ya no.
Acalambrada mi voz. Núbil mi mirada.
Lánguida. Arrebolado y tumefacto mi rostro. Por no decir obsidiano.
Voy entrando en el olvido. Mi olvido. El del mundo.
¿Qué queda de los demás? ¿Qué de uno mismo?
Si tal loa, cacareada infausta y desfallecidamente
Por los laudos clásicos; por los sigilados vates:
No hallose respuesta. ¿Qué voy a invocar yo?
Me estremezco ante la sola posibilidad de mi pérdida.
En sombra mía, ya me hallo. Titilantes,
Mis nublados recuerdos, me desvanecen.
¿Cuál mi identidad? ¿Cuál mi sosegado descanso?
Mi contubernio con la nada, ya ha comenzado.
Qué más da. ¡Quién va a echar de menos a esta rosa que aquí se marchita, cuando
Miles de ellas se abren en otras partes del jardín!
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