A ti, encina castellana,
Pináculo inerme y solitario
Que has ido absorbiendo
La sabiduría de los siglos.
Destilas la paz que
En tu interior yo no poseo.
Arbotante que, enhiesto al cielo,
Anclas tu savia en tan
Cetrina y yerma tierra.
No posees, acaso, la prisa
De acabar en ti, el tiempo.
No huyes, oh encina, de
La fiera venganza del olvido.
Donde antaño fuiste alguien
Nadie te ha sobrevivido.
Sólo tú permaneces erguida,
En una actitud que diríase
De desgana o desafío.
No te importe la historia.
A ella, ya no perteneces.
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