Cuando la cobardía establece
El llanto de todas las cosas,
Y el verbo –exhalado- propalado
De una vieja alma ya cansada:
Un único día, sólo, merece ser vivido.
Yo, ya voy cantando: y olvido.
Olvido el olor de mis días,
El dolor que me hizo vivo;
Y hasta mi presencia voy olvidando.
Ya no soy canción. Ni intérprete.
Hacerse al olvido; ése es mi sino.
Ése y no otro: ¡qué capricho!
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